ESPAÑA cambia de REY

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El ex Rey Don Juan Carlos de España y su hijo el Príncipe Felipe.

Por: Rodrigo Durán Guzmán, periodista (Chile).

A Juan Carlos I lo sucede su hijo Felipe VI. Es lo usual en las monarquías. Esta vez, por su renuncia al trono, como ocurrió no hace mucho, en Países Bajos, Bélgica, Qatar, o Luxemburgo y otros países. Antes sólo si fallecían, ahora renuncian, como lo hizo el Papa S.S. Benedicto XIV, todo un ejemplo. Pueden hacerlo por múltiples motivos, como edad, enfermedad, incapacidad u otros similares. Aunque las verdaderas razones son, muchas veces, más amplias y variadas.

Las monarquías procuran aunar la identidad nacional, así como la continuidad y estabilidad del Estado; pero cada vez con menos poder decisorio y más papel de institución representativa. Pero igual, se requiere valentía para abandonar, voluntariamente, un trono significativo y privilegiado. Si bien la razón más aplicable a los tiempos actuales, es política, frente a dificultades crecientes de todo gobernante contemporáneo, así ejerza un papel simbólico.

Paralelamente, Europaparece entrar en una nueva etapa, donde el entusiasmo por el gran proyecto de la Unión Europea y sus proyecciones, ha sido cuestionado, por una vuelta a identidades propias, a veces regionales, y hasta separatismos locales. Así lo evidencian los últimos comicios al Parlamento Europeo. Todo, como respuesta a las crecientes atribuciones de los órganos de la UE, traspasos de competencias nacionales y burocracia en aumento, con 28 Estados Miembros, entre muchos argumentos; y donde la inmigración ha servido de excusa a partidos y movimientos nacionalistas, o francamente opuestos a los extranjeros. Dicha involución política, todavía es una incógnita. 

España no ha sido ajena a estos desafíos. Su situación reciente ha sido de crisis, aunque se recupere. Y la propia figura del Rey, unánimemente apoyada, se ha visto confrontada a errores propios y de algunos familiares, y comprometido su acervo decisivo en la transición  y defensa de la democracia española.

Su renuncia debería contribuir a reevaluar sus treinta y nueve años de reinado, y proyectar el futuro con el nuevo Rey Felipe VI, como un relevo normal y positivo, al acercamiento con Latinoamérica, que España ha priorizado durante el Rey Juan Carlos I.

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