Los muros de la vergüenza y el olvido en Norteamérica

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Instalación artística en la frontera de México y Estados Unidos (2006).Eldiario.es

 

Tras pasar por Buenos Aires, Los Ángeles, Cisjordania y Tijuana, ocho muros llegan alMatadero de Madrid a través de una exposición fotográfica (‘Los muros entre los hombres’) realizada por Alexandra Novosseloff y Frank Neisse, que han recorrido, entre otros, “la zona desmilitarizada” entre las dos Coreas, el “Berm” del Sáhara Occidental y la barrera electrificada de Cachemira en la India. Remiendos fáciles ante conflictos complejos que acumulan años y años de sufrimiento. Muros de silencio que son la expresión a gritos delfracaso del ser humano para dialogar.

Yo no estaba vivo. Pero decía otro Eduardo, Galeano, que el Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro… Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó.

Eso fue hace 25 años, pero hoy otros muros brotan, y siguen brotando, en este mundo globalizado que, paradójicamente, no deja encerrarse. Y de ellos se habla poco o nada.

“En los últimos diez años recorrimos el mundo para dar testimonio de la triste realidad de los muros que son, antes que nada, símbolos del fracaso y del encierro”, explica Alexandra, experta en cuestiones de paz y seguridad. “Nos acercamos a quienes viven cerca de esos muros para saber cómo estos han transformado sus vidas, sus costumbres”.

La obsesiva tentación por los muros es tan vieja como la propia humanidad. Desde la Gran Muralla China bajo la dinastía Ming hasta el muro construido por los romanos que separaba Inglaterra de Escocia, el ser humano ha sentido la necesidad de levantar barreras para protegerse de los “otros”, los “diferentes”, los extranjeros, desde siempre percibidos como causa de los problemas. “Pero encerrarse ahora, como predican, en un mundo globalizado, donde fluye la información, el libre comercio y las personas, no se entiende”, asegura Alexandra. En definitiva, estos muros son hoy, como las guerras fueron ayer, la mayor expresión de la impotencia y el fracaso del diálogo.

Lo cierto es que actualmente existen más muros que cuando cayó el de Berlín en noviembre de 1989. El siglo XXI y su inercia inventan otro tipo de muros: las fronteras se amurallan para hacer frente a los “nuevos miedos”, como la inmigración, el terrorismo o el crimen organizado, surgidos a raíz de los atentados del 11S. Ejemplo de ello son la frontera entre Estados Unidos y México, y la valla de Ceuta y Melilla que separa Europa de África.

Según el geógrafo francés Michael Foucher, 17 muros internacionales cubren actualmente 7.500 kilómetros, que equivalen al 3% de las fronteras actuales. Así, el muro de hoy se convierte en un verdadero mercado para empresas privadas y gobiernos: en Estados Unidos, el Homeland Security estima el valor mundial de la seguridad en las fronteras en 178.000 millones de dólares en los últimos diez años.

“A menudo, las poblaciones afectadas por estos conflictos congelados son abandonadas y los problemas que originaron la construcción de los muros son simplemente olvidados”, reconoce Alexandra. Sobre el más antiguo de todos, el de Corea (1953), cuenta que allí el tiempo parece haberse detenido. Una sensación muy parecida entre los ocho muros que han documentado y que se muestran ahora en Matadero: “Entre todos existen relaciones: injusticia, desesperación y víctimas, pero construir un muro es algo que jamás traerá la paz. Nunca será una solución definitiva”.

¿Qué es lo que impulsa al ser humano a construir muros, e incluso amurallarse? “Principalmente, la función del mantenimiento del statu quo y la consolidación de una ganancia territorial, como es el caso del conflicto israelí-palestino”, explica Alexandra. Las negociaciones de paz en este conflicto no han progresado y el número de víctimas no deja de aumentar, mayoritarias en el lado palestino, eso sí. Con el muro en construcción desde 2002 (3,3 millones de dólares por kilómetro), los israelíes intentan establecer de facto una frontera. El problema reside en que el muro de separación no está construido en la “línea verde” del armisticio de 1949 y frontera reconocida en 1967, después de la Guerra de los Seis Días. Sólo el 20% del muro pasa por ese trazado.

Y eso sin mencionar los continuos puntos de control, carreteras cerradas y zonas de exclusivo tránsito para israelíes que hacen de Palestina un país fragmentado, como si fuese un archipiélago. 

Los muros no se levantan solos. Nunca hay que abstraerse del factor humano que los sostiene. Los campos minados por los 20.000 militares marroquíes en el muro de arena del Sáhara, los drones utilizados por los estadounidenses en la frontera con México y los 21.000 soldados turcos en el Norte de Chipre ponen rostro al fracaso de la política. Porque un muro aparece, como dijo Daniel Seidemann, cada vez que una cultura o una civilización no ha logrado pensar en el otro y pensarse con el otro.

El muro marca la diferencia y materializa un desequilibrio histórico entre dos sociedades, como fue el caso de Irlanda del Norte, donde católicos nacionalistas y protestantes unionistas se vieron involucrados en una barrera que aún hoy separa a los muertos. En consecuencia, en el muro hay siempre un lado bueno (el espacio que protege, que minimiza los efectos del muro, que esconde su existencia) y uno malo (espacio del riesgo y el de la denuncia del muro). El desequilibrio de los ricos y los pobres; de la vida y la muerte.

Y, llegados a este punto, merecería la pena preguntarse sobre la eficacia de los muros. “Su efecto es contraproducente a largo plazo, ya que crea más problemas de los que resuelve. El muro impide el desarrollo de una visión más constructiva”, señala Alexandra, que parece cansada de repetir esta frase cada vez que se le pregunta sobre este tema.

La construcción de un muro nunca ha sido la solución a un conflicto, no ha hecho más que diferirlo.

Como diría P. N. Bhagwati, economista estadounidense de origen indio, a propósito del muro con alambradas de púas entre India y Bangladesh, “construir una barrera es la mejor manera de no hacer nada dando la impresión de hacer algo”.

Pues eso, construye un muro electrificado, con pinchos y de 13 metros de altura. Pronto verás aparecer una escalera de 14 metros.

Eldiario.es

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