Ética de la inmoralidad

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La persona ha sufrido el envilecimiento de todas las atrocidades posibles. Sin embargo: ¿Por qué, siendo que estamos en tiempos en que la humanidad ha alcanzado sus más altos valores, estos se atrofian al uso?.

-Cada plausible oportunidad de cambio aborta inmisericorde.

-¿La selva nos sigue controlando?.

-¿Qué virulencia civilizada impulsa los destrozos masivos?.

Por: Rita María Gardellini (Rosario,Argentina).

Cuando un acto cotidiano: “como salir a comprar el pan” conlleva un alto índice de riesgo aleatorio, se instala un período de oscuridad. Así se produzca por una crisis de seguridad o por una guerra internacional, la vida se opaca y pasa a ser la sobrevivencia el acto luminoso y fugaz. Y en ese vivir a todo costo, la medida de los cambios ignora y embrutece el justificativo ético.    

Los extremos se unen en perfidia y la masificación de la crueldad es lo recurrente.

Cualquier horror ya ha sido perpetrado sin embargo parece que el sentirlo crea la necesidad de absolverlo, sabernos más buenos porque los hay peores no aspira ni a mediocre consuelo pero funciona.

¿Existe un plan maquiavélico de dominación?.  ¿Así ocurre?. Lo que sí es cierto, es que la maldad ocupa el plano de lo literario, la ficción genera malos impecables; en la realidad, los malos nunca asumen su obra, la degeneran con argumentos y viandas de oratorias. Cada ser perverso y malévolo ha sometido su acción a una moral conveniente y justificada que les permite continuar para sí mismos; comúnmente, sostenida por una manada de beneficiados obsecuentes. Hasta se les podría observar cierta candidez al ignorar cualquier tipo de denuncia.

Esas míticas epopeyas que han asolado a la humanidad: forjan la historia pero siempre ha prevalecido el liderazgo de lo general, de lo trascendente para el mayor número de perjudicados o favorecidos. Sin embargo, ¿qué ocurre con la humanidad común? La que vive todos los días y sale a comprar el pan —disculpen nuevamente la misma comparación pero no es por carencia de otras sino por lo gráfica qué resulta—. ¿Una estrategia a veinte años? ¿Qué otorga, si coincide con nuestros primeros veinte años? ¿Nos ultrajan lo mejor? Porque coincidamos, en escasísimas y míseras ocasiones esos grandes latifundios de conquistas y proyectos faraónicos favorecen la actividad de los comunes.

Y cinco años sin poder comer siquiera un huevo es mucho para protagonizar porque alguien sostuvo la patraña de querer mejorar el mundo a sus desolados e inmundos intereses.

Comprendamos: somos volátiles seres suspendidos de sueños y realidades yuxtapuestas. Y lo insidioso es que cuando finalmente se equilibran, la costumbre las relega a la queja y necesitamos el cambio. Incluso la felicidad puede aburrirse de ser rutina y provocar el peligro porque no todas las revoluciones se iniciaron en la brecha de las necesidades y las carencias; ni todos sus ejecutantes eran seres castigados por las injusticias.  

¿Tan poderoso es el carisma? ¿Tan mítica su influencia? ¿Tan creíble su postura de bonanza? Difícil modificar lo que no se advierte porque el bichito común, el humano usual y de todos los días está abocado a trabajar, porque trabajar y vivir en familia lleva tiempo, y en esa desocupación de la tarea social, avanzan los indeseables. Se relegan las obligaciones por una cuestión simple: es imposible ocuparse de todo, y al delegar  —aun resulte con el democrático voto—, se confía y cuando se comprende el error,  la demora ha ganado victoriosa y la trampa ya se ejecutó; y únicamente queda salir o gastarse entre nostalgias.

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